Desde Vinuesa, la carretera que va a Montenegro de Cameros es la misma que se interna por venas de agua y pinar inmenso hasta la Laguna Negra, en el epicentro de las Tierras de Alvargonzález. El camino a pie, impresionante de paisaje, se puede hacer siguiendo una variante del Sendero de Gran Recorrido (GR 86) que llega hasta el caserío de Santa Inés; a la derecha, el bello Quintanarejo se traspasa de la naturaleza salvaje que vino a habitar este pedazo verde de tierra. Todo el valle del Revinuesa forma una puesta en escena de orografía montaraz, fresca de savia y transparente de escorrentía.

En cualquier caso, la ascensión no defraudará retina y sensaciones. Para la excursión en coche, una pista a la izquierda señala el camino que lleva hasta la Laguna Negra. Dos kilómetros antes de llegar, un espacio sirve de aparcamiento e indica el fin del ascenso a los vehículos, prometiendo un agradable paseo hasta el circo glaciar. En verano y en Semana Santa, un autobús de ida y vuelta transporta a los viajeros menos andarines, si bien el consejo es procurar que sean las piernas las que nos llevan por la fácil senda que van tomando las hayas y los ocasionales tejos y serbales. La pista, hoy cortada al tráfico, sigue por la izquierda la garganta del torrente que nace en la Laguna. Quizá encuentre algún hormiguero grande y rojo entre el paisaje de pedrizas desplomadas. Una pradera de grandes pinos y hayas será la antesala del destino glaciar. Tras la morrera que la oculta, aguas oscuras que tradicionalmente han rozado lo sagrado ejercen la misma fascinación que desde siempre se apoderó de las voces y las gentes.

Desde ella, siguiendo la senda empinada que salva los farallones por el sur, la áspera montaña nos recibe en término ya de Covaleda.

En invierno, un cielo nublado se extiende sobre los prados y las pedrizas.

En primavera, el paisaje húmedo acoge blandamente el deshielo, inundando el suelo de regueros de agua y flores de montaña. Para llegar al pico de Urbión basta con seguir el sendero que serpentea por las laderas pedregosas, donde a mitad de camino se abre otra de las lagunas que por aquí descansan: es la Helada, que junto a la Larga, la Verde y la de Urbión, viste a la montaña de fantasías a la sombra de la Negra. Al final del ascenso, un Duero chico, recién venido al mundo, salta entre las rocas sin intuir apenas que más tarde se hará río sereno, ancho y profundo.

La carretera que dejamos para ascender a la mítica laguna continúa atravesando pinos altos y extensos hasta el puerto de Santa Inés. Más allá, un pueblo de piedra llena se ajusta a la orografía empinada y hermosa. Es Montenegro de Cameros, límite de Castilla con La Rioja, y de sus gentes dicen que tienen mucho de ésta y no menos de aquélla, así como el paisaje, hecho de acebos y hayas, avellanos, serbales, robles, castaños… Es un escenario al que no se podrá resistir: vacas en los montes y una aldea con arquitectura de buena sillería donde la niebla se cuela por entre las casonas con regusto a Mesta. Las puertas de arco y los ocasionales blasones configuran la fisonomía del pueblo, mientras picos elevados lo anillan de verde intenso y aire purísimo. De las siete ermitas que un día tuvo la villa, sólo permanece en pie San Mamés, cuya declaración como Monumento Histórico Artístico puso fin a su uso como majada, y en la que un románico recogido se decora con frescos que recuerdan a la escuela catalana. En el barrio de arriba, donde el sol se vuelca y el monte se hace telón omnipresente, la iglesia gótica guarda talla de la Virgen del XIII, saludando a la tierra de Cameros de la que forma parte.

Y regresemos por donde hemos venido. Los ojos, llenos de verde, aún han de dejar espacio para el bosque y la piedra de la tierra de Pinares. Pueblos y paisajes nos esperan inundados de ambos.



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