Desde la villa episcopal, con los ojos y el paladar llenos, una carretera local prolongará el viaje hasta una villa que destila un fuerte sabor medieval. Ucero, alzado sobre una vega fiera y un paisaje espectacular, se recorta en una estampa de lo más sugerente.

Es la puerta al Parque Natural del Cañón del Río Lobos, un desfiladero kárstico, agreste y magnífico, en el que el cauce lento y constante ha horadado en la roca una inmensa escultura natural. Pero antes de acceder a esta maravilla angosta que más tarde será recorrida en esta guía, desentrañemos el bello Ucero.

Los restos del castillo templario se perfilan sobre el río truchero de nombre idéntico a la villa medieval. Su estructura de triple recinto y su torre del homenaje dominan el escenario montaraz, mientras las gárgolas retienen figuras humanas y una serpiente es vencida por un águila. El pueblo, que cuenta con establecimientos de turismo rural, se dibuja en calles estrechas y tortuosas. Su iglesia vuelve a traer la mística de los monjes guerreros en el llamado Cristo de los Templarios, mientras la Virgen de la Antigua mira el interior del templo desde su talla gótica. Cerca de él, cuya miel es dulce, artesanal y célebre, la cueva de la Zorra se prolonga por 130 metros de túnel excavado en la roca. Era sólo una parte de la conducción que daba de beber a la antigua Uxama.

Después de recorrer el Cañón, y de regreso a Ucero, la carretera que va a Santa María de las Hoyas conducirá por un espléndido paisaje jalonado de simas y grutas hasta la base de un triángulo donde se asienta Fuencaliente del Burgo.

El bautizo de agua de esta localidad tiene carácter termal, y nace junto a la ermita de la Virgen de los Remedios o del Valle, donde un manantial abastecía a un antiguo convento de monjas bernardas. Hoy sólo quedan algunas paredes en pie del antiguo edificio, saqueado a finales del XIII por el entonces señor de Ucero y pasto definitivo de las llamas siglos después. Tierra de cuevas, espeleología y cuentos viejos, abre suelo y entrañas a la Torca, donde la leyenda asegura que los árabes que caían en sus más de ochenta metros de profundidad aparecían vivos en la lejana África.

Los relatos le otorgan menos suerte a Zaida, la amante de Almanzor, al afirmar que fue en las profundidades de esta sima donde la bella mora encontrara el sueño eterno.

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